El pulso por las presidencias del Senado y la Cámara empezó a mostrar una fisura política entre Álvaro Uribe y Abelardo de la Espriella, justo cuando el nuevo Congreso se prepara para su instalación del 20 de julio. La discusión no es menor: en la primera legislatura del Gobierno se definen las mesas directivas y también se envía una señal sobre quién marca la agenda legislativa.

La tensión se concentra en el Senado. Según ha contado Caracol Radio, el Centro Democrático insiste en que le corresponde esa dignidad y respalda al senador Honorio Henríquez, mientras que desde el entorno del presidente electo se ha promovido el nombre de Alfredo Deluque. El choque dejó de ser solo un reparto de cargos y empezó a leerse como una prueba de lealtades dentro de la coalición de gobierno.

En esa disputa, Uribe advirtió públicamente que si el “tigre” ruge contra su partido, el Centro Democrático tendrá que defenderse como “abejitas”. La frase, más allá del tono, dejó en evidencia que en el uribismo hay molestia con sectores cercanos al presidente electo que, a juicio del expresidente, estarían restándole espacio al partido que fundó y lidera.

El trasfondo político, según coinciden análisis y reportes publicados este jueves, es que el primer gran acuerdo del nuevo Congreso podría reordenar fuerzas desde el arranque del mandato de De la Espriella. Para el uribismo, ceder la presidencia del Senado sería perder un símbolo de poder en la apertura del periodo legislativo. Para el Gobierno entrante, en cambio, respaldar a Deluque sería una forma de asegurar gobernabilidad y ampliar puentes más allá de la bancada más identificada con Uribe.

La relación entre ambos venía de una cercanía evidente durante la campaña y la transición. De hecho, el Centro Democrático se declaró partido de gobierno tras la victoria de De la Espriella y respaldó sus ideas en un comunicado. Pero la pelea por las mesas directivas dejó la impresión de que la alianza podría entrar en una zona de roce, en la que cada bando busca medir hasta dónde llega la influencia del otro.

Por ahora no hay ruptura formal. Lo que sí hay es un mensaje político incómodo para ambos: la disputa por los cargos del Congreso abrió una conversación sobre el verdadero tamaño de la relación entre Uribe y el nuevo presidente. Y en Bogotá, ese tipo de diferencias suele ser el primer síntoma de un distanciamiento mayor.

El antecedente inevitable recuerda lo que pasó entre Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos al comienzo del gobierno de 2010. Aunque Santos había sido su ministro de Defensa y llegó al poder con el sello de la continuidad, el quiebre se produjo cuando empezó a tomar distancia de varias decisiones del uribismo, incluido el manejo de su gabinete y la política exterior. Desde entonces, una alianza que parecía sólida terminó convertida en una de las fracturas más duraderas de la política colombiana.