Saunas y baños fríos: por qué la ciencia pide bajar el entusiasmo
Si hoy abres Instagram, TikTok o YouTube, es casi imposible no cruzarte con alguien que jura haber cambiado su vida gracias a los baños de hielo o a sesiones intensas de sauna. Se habla de ellos como una especie de cura universal: fortalecen el sistema inmunológico, queman grasa, mejoran el ánimo y alivian dolores físicos y mentales.
La narrativa es seductora, sobre todo en una época obsesionada con el biohacking y el autocontrol del cuerpo. Pero la ciencia —al menos por ahora— es bastante más prudente.
El cuerpo ya es experto en regularse
Especialistas en fisiología humana recuerdan que el cuerpo es sorprendentemente eficiente manteniendo su temperatura interna, que suele oscilar entre los 36,5 °C y 37 °C. Este equilibrio no es casual: es el resultado de millones de años de adaptación.
En la vida moderna, sin embargo, casi no ponemos a prueba ese sistema. Pasamos de casas con calefacción a oficinas con aire acondicionado, y luego a autos, metros o cafés igualmente climatizados. El cuerpo rara vez necesita adaptarse.
Ahí es donde entran en escena el calor extremo del sauna y el shock térmico del agua fría: como un recordatorio abrupto de que el organismo puede responder a estímulos más intensos.
¿Beneficios reales o expectativas infladas?
El problema no es la práctica en sí, sino las promesas que la rodean. Aunque existen estudios preliminares que sugieren beneficios puntuales —como la sensación de relajación tras el calor o el estado de alerta luego del frío—, la evidencia aún no es concluyente para afirmar que estas prácticas sean una solución integral para la salud.
Muchos de los efectos positivos que la gente reporta también pueden explicarse por otros factores: el descanso, la rutina, el efecto placebo o simplemente el hecho de dedicar tiempo consciente al cuidado personal.
El auge del contraste térmico como experiencia
Más allá de la ciencia dura, hay algo cultural que explica su popularidad. Los rituales de calor y frío se han convertido en una experiencia sensorial y estética: espacios minimalistas, vapor, silencio, respiración controlada. No es solo salud, es identidad y estilo de vida.
En ese sentido, funcionan como una pausa radical frente a la hiperestimulación cotidiana. El cuerpo se enfrenta al extremo y la mente se ve obligada a estar presente.
Por qué importa hablar de matices
El riesgo aparece cuando estas prácticas se presentan como fórmulas mágicas o se adoptan sin considerar el contexto personal. No todos los cuerpos reaccionan igual al frío intenso o al calor prolongado, y en ciertos casos pueden existir contraindicaciones.
La conversación más interesante no es si el sauna o el baño frío “funcionan” o no, sino cómo los integramos: como ritual consciente, complemento de hábitos saludables y no como sustituto de descanso, movimiento o atención médica.
En tiempos donde el bienestar se vende como atajo, entender los límites también es una forma de autocuidado.