¿Qué tiene el mar que nos hace sentir tan bien?
La idea es tan popular como poética: cuando entramos al mar, cuerpo y mente regresan a un estado primigenio, casi uterino, o a una memoria evolutiva que nos conecta con nuestros ancestros acuáticos. Suena bien, reconforta… y circula sin freno en redes sociales.
Pero por atractivo que resulte el relato, la ciencia es clara: no existe ninguna memoria fetal ni evolutiva activándose cuando nadamos en el mar. No recordamos la bolsa amniótica ni tenemos forma de saber qué sentían los primeros peces de nuestra línea evolutiva.
Lo que sí es real —medible, repetible y comprobable— es la profunda sensación de bienestar que experimentamos al bañarnos en el mar. Y ese bienestar va mucho más allá del simple placer.
Placer no es lo mismo que bienestar
El placer es inmediato, intenso y puntual: una sensación ligada al disfrute momentáneo. El bienestar, en cambio, es más estable, profundo y duradero. Tiene que ver con equilibrio, calma, salud y una sensación general de armonía.
Cuando entramos al mar, ambas dimensiones se combinan. Al placer físico del agua se suma un bienestar mental más complejo que explica por qué, incluso horas después, seguimos sintiéndonos mejor.
Lo que ocurre en el cuerpo cuando entramos al agua
Desde la neurofisiología, la inmersión vertical en el agua tiene efectos sorprendentes. Uno de los más importantes es el aumento del flujo sanguíneo en zonas clave del cerebro, especialmente en las arterias cerebrales medias y posteriores.
Si además el baño incluye ejercicio suave —como caminar dentro del agua—, el cerebro recibe un flujo similar al que se logra corriendo moderadamente fuera de ella, pero con mucho menos esfuerzo físico.
A esto se suma el efecto de la presión hidrostática: al sumergirnos hasta los hombros se reduce el edema muscular, aumenta el gasto cardíaco sin elevar el consumo energético y mejora la circulación general. El resultado es una disminución notable de la sensación de fatiga y una ligereza corporal difícil de replicar fuera del agua.
Por qué el mar se siente distinto a la piscina
No todo es inmersión. El tipo de agua importa. El mar contiene una alta concentración de sales y minerales que modifican la experiencia corporal.
Al ser más densa que el agua dulce, el agua salada nos permite flotar con mayor facilidad, reduciendo el esfuerzo muscular. Nadamos más relajados, el cuerpo se tensa menos y la experiencia resulta más placentera.
Además, parte de esas sales se absorben a través de la piel, ayudando a reforzar la barrera cutánea, acelerar su recuperación y prevenir la sequedad. Por eso los baños de mar se utilizan como apoyo en afecciones como dermatitis o psoriasis.
A diferencia de las piscinas, el mar no contiene cloro ni aditivos químicos que puedan irritar la piel. Ese detalle, aunque invisible, marca una gran diferencia en cómo se siente el cuerpo después.
El entorno marino también cuenta
El mar no es solo agua. Su enorme masa actúa como regulador térmico natural, suavizando las temperaturas en zonas costeras y generando la característica brisa marina.
Esa brisa transporta una alta concentración de aniones que entran al organismo por la piel y los pulmones, con efectos asociados a la reducción del estrés, la regulación neurohormonal y la mejora del estado de ánimo.
A todo esto se suman factores sensoriales poderosos: el color azul, vinculado a la calma; el sonido rítmico de las olas, con efecto sedante; y la amplitud visual del horizonte, que invita a soltar tensión mental.
Menos mito, más cuerpo
No necesitamos recurrir a explicaciones místicas ni a regresos imaginarios al pasado evolutivo para entender por qué el mar nos hace sentir bien.
La respuesta está en el cuerpo, en el cerebro y en un entorno natural que activa múltiples mecanismos fisiológicos y psicológicos al mismo tiempo. Quizá no volvamos al origen de la vida, pero sí a un estado más equilibrado, más liviano y más humano.